El salón estaba en silencio, salvo por la cantinela de los niños cantores y el sonido rítmico de las bolas del Sorteo de Navidad escuchándose en la televisión. El niño, de apenas tres años, observaba absorto la pantalla, con una seriedad impropia de su edad, con el ceño fruncido bajo su cabello oscuro y revuelto. En sus manos apretaba un trozo de papel arrugado que su padre le había dado para "custodiar".
De pronto, un grito desgarrador estalló en la cocina. El niño dio un respingo, sus mejillas redondas se tiñeron de un rojo súbito y sus ojos se abrieron con una mezcla de pánico y culpa absoluta. Él ruido estrepitoso de unos platos rotos y el llanto de su madre lo convencieron de lo peor: su pequeña mano había apretado demasiado fuerte aquel importante papel.
Convencido de que había roto la Navidad, se quedó paralizado frente a la luz del televisor, con la expresión de quien acaba de cometer un crimen irreparable, ignorando que, fuera de su mundo de culpas infantiles, el grito de su madre no era de dolor, sino de una libertad que él aún no alcanzaba a comprender.
