La Imprescindible Metamorfosis

 

 

Aunque parecía decidida, justo antes de cruzar el umbral del dormitorio dudó y se detuvo. Allí aguardó unos segundos, observando cómo la tenue luz de la mañana empezaba a coquetear con las cortinas del salón antes de besar el suelo. Era curioso, pero no hubo portazos ni reproches. De hecho, Él seguía durmiendo, ajeno al silencioso seísmo que se empezaba a originar. Solo se apreció el leve siseo de la seda deslizándose por sus muslos hasta que cayó rendida a sus pies.

—¿Y a partir de ahora qué va a pasar? —se preguntó, mientras sentía cómo el frío del parqué le devolvía una realidad que ya no podía ignorar.

—No va a ocurrir nada... Tranquila —se respondió, mientras con un pie apartaba a un lado la tela—. Solo llegará el invierno y nada más.

Y así, con aquel simple gesto, rompió el último vínculo con la imagen que le habían construido. Después se giró hacia el ventanal, donde la lívida luz no iba a juzgar su desnudez, y recordó la voz de Él, apenas unas horas antes, cuando le aseguraba: «Con este vestido aparentas ser otra persona: te hace parecer invencible».

—Solo me hacía invisible —corrigió Ella—. Y no quiero seguir siendo más un puto adorno en tu vida.

Entonces continuó caminando descalza hasta la puerta, dejando atrás aquel atuendo artificioso de mujer ideal que Él tanto necesitaba disfrutar. El vestido quedó allí, arrugado sobre el suelo de madera como una crisálida despojada. Finalmente había comprendido que ya no necesitaba aquel refugio de seda, porque sus propias alas, aunque todavía incipientes, ya habían comenzado a brotar.