La cama de mi hermana está aún en su cuarto. Papá y mamá no quieren moverla porque dicen que ese es su lugar. Yo a veces me echo encima cuando la recuerdo, aunque todavía me queda grande.
Ella me enseñó a hacer aviones de papel y a arrojarlos desde la azotea para que volasen. Ahora los construyo yo solo y le dejo alguno en su almohada, para que no se olvide de mí.
Dicen que está en el cielo, ayudando a la abuela en la cocina. Pero yo creo que está escondida en sus dibujos, aquellos que pinchaba en la pared; y también en el olor de su bufanda, o en los silencios que a veces se producen cuando nadie quiere hablar de lo que fue.
En los sueños me visita alguna noche y, como antes, me hace cosquillas en los pies. Cuando después me despierto en la mañana, siempre me encuentro algo mejor; aunque aún no pueda sonreír.
