[(Leer previamente El Peso De Lo Innombrable: El Pacto De Silencio (I)]
Una vez que la chica salió de la habitación, quedando sola frente al pasillo, aquella fortaleza que había mostrado ante el bebé fue desapareciendo hasta que acabó por quebrarse. Entonces se abrazó a sí misma y se dejó deslizar por la pared hasta quedar sentada en el suelo. Aquel fue el único instante en que se permitió vacilar, porque aunque solo servía como fachada, la máscara que usaba ante su hermano era necesaria.
Allí permaneció un rato con las piernas encogidas y el rostro escondido entre las rodillas, escuchando aún la respiración entrecortada del niño que intentaba retomar un sueño que ya no sería del todo amable. Después observó sus manos temblorosas, pálidas ante la luz lánguida del corredor. Recordó perfectamente cómo aquella terrible sensación le apretaba el cuello años atrás y cómo sus gritos eran ignorados por sus padres, quienes los tildaban de simples pesadillas de la infancia.
Ahora ella, a sus nueve años, es un muro de contención para su hermano. Sabe que la entidad no se ha marchado de la casa: solo se ha fundido con la oscuridad, esperando a que ella se duerma. Pero mientras permanezca despierta, podrá asumir el peso de aquel horror sola para que su hermano tenga la oportunidad, al menos por unos minutos, de cerrar los ojos sin temblar. Porque El Mal no ha cambiado... pero ella sí.
