El Peso De Lo Innombrable: El Pacto De Silencio (I)

  

Cuando la niña oyó llorar al bebé, acudió con rapidez al dormitorio, aunque incluso antes de llegar ya supiera que aquel llanto no era ni por hambre ni por sueño. Nada más entrar se detuvo en el lateral de la cuna y permaneció allí observándolo, sin pronunciar palabra alguna. El bebé la miraba tembloroso, como si esperase de ella alguna forma de consuelo.

—¿Otra vez? ¿Otra vez igual? —susurró la niña mientras su hermanito gimoteaba con un tono aún más fuerte. Ella fijó en ese instante su mirada en las esquinas de la camita y luego se arrodilló en el suelo para indagar bajo el somier... Pero ni aun así consiguió distinguir nada.

—¡No está ahí debajo! Ni tampoco detrás... —le aseguró finalmente, mientras el bebé se agitaba más y más.

Entonces la niña se volvió a inclinar y miró con más detenimiento dentro de la cuna, como si escudriñara algo entre las sábanas o entre los pliegues de la manta.

—¿Dónde te escondeeeeeeees? —gritó enfadada.

En aquel momento el llanto cesó. Ella enderezó su postura de inmediato para dirigirse nuevamente al bebé:

—Tranquilo, que ya se fue... Intenta dormir de nuevo; todavía falta mucho para que amanezca.

El crío volvió a quedarse solo otra vez; ya no lloraba, pero permanecía con los ojos muy abiertos, examinando con desasosiego aquel rincón donde nadie más que él parecía mirar...

Aquella terrible presencia no se podía tocar, ni ver, ni medir. Era una entidad incorpórea con la diabólica capacidad de saber acomodarse, de poder ocultarse entre la ropa de cuna del bebé, justo donde podía hacerlo sentir amenazado. Su hermana lo sabía, pero solo podía consolarlo. Porque lo que había allí no era suyo ni de nadie. Aquel Mal, desde siempre, había formado parte de la casa.

 Continúa en El Peso De Lo Innombrable: La Herencia Del Miedo (y II).