Nadie lo espera, nadie sabe de dónde sale, pero él siempre está ahí: es El Hombre Que Guarda El Semaforo. Con su gorra burdeos, y su abrigo roto, pero con porte elegante, su vida transcurre entre dos aceras. Cuando el verde aparece, él se adelanta, y se lanza al centro del paso de cebra, agitando los brazos como si quisiera volar: ¡Vamos, vamos, que esto no dura más! Cuando la luz cambia a ámbar, además, da muchos saltos para avisar. Y cuando el rojo se enciende, él se coloca delante de todos, y extiende sus brazos en cruz, para que nadie pueda pasar.
Él no pide nada: solo pretende ayudar. Pero son los niños, los que lo entienden de verdad. Y por eso ellos lo saludan: porque saben que es una parte importante de su ciudad.
