Este relato surgió a raíz de la entrada "Los Dos Lados" en el Blog Sabor Anís Estrella de la autora Sara O. Durán, a quién debo la inspiración.
Desde niño, aquel excéntrico científico fantaseaba con la idea de crear unas bebidas con sabor exótico. Pero su pretensión no era solo entremezclar lo conocido, sino encontrar una fórmula química cuya composición condicionara, de forma sana, el estado de ánimo colectivo. Y de esta forma, se le ocurrió que daría un sabor a cada día de la semana.
Empezaría con el sabor a lunes, agua gasificada con un ligero toque cítrico, refrescante pero austero. La persona que lo bebiera, sentiría un irrefrenable deseo de ordenar cajones, pedir disculpas, tirar los calcetines desparejados, disminuir el consumo de café, o incluso zanjar sus deudas con Hacienda...
El sabor del martes, con jengibre y manzana verde, te traía reminiscencias de la Navidad. Quien lo bebía, experimentaba un ímpetu de contradicción: cambiar la ruta habitual, contestar con ironía, mover los muebles de sitio sin razón... En realidad aportaba un toque de rebeldía discreta, que rompía la rutina doméstica con pequeños gestos de insurrección.
Los miércoles disfrutarían de una bebida con toques melancólicos: té negro con miel, y un fondo de ciruela pasa. Algunos se sorprendían tarareando canciones que ya tenían olvidadas, leyendo poemas de Gustavo Adolfo Bécquer, o mirando por la ventana, con aire nostálgico, cómo se desplazaban las nubes.
Llegaba el turno del jueves, chispeante, optimista, creado con frutos rojos y finas burbujas. Con su elegante buquet, te dejaba esa sensación de que algo bueno estaba a punto de suceder. Quien lo consumía, empezaba el día haciendo planes imposibles: estudiar japonés, aprender a bailar tango escenario, o reformar la cocina, todo en un fin de semana... También generaba un deseo incontrolable —y estúpido—, de invitar a todo el mundo a rondas en el bar.
El viernes estaba reservado para el sabor de la euforia anticipada. La mezcla de cola, canela y unas gotas de lima, daba con la fórmula exacta. Los trabajadores rendían con mucho más ritmo, duplicaban la cadencia de pulsaciones en el teclado, y algunos, tras años de silencio, se declaraban a su amor platónico, con una risa floja que les duraba horas.
El sabor hedonista del sábado, piña colada con limón, era un poco especial. Si lo bebías pasada la medianoche del viernes, te entraban unas terribles ganas de dormir, durante horas, hasta muy entrada la mañana. Lo que además provocaba que terminaras desayunando a mediodía y que, a media tarde, te dedicaras a gastar mucho dinero en compras inútiles por internet.
Y por fin, le llegó el turno al sabor del domingo: chocolate caliente con un toque de café suave para despertarse. Era el más contradictorio de todos. Los efectos secundarios se iniciaban por una calma casi espiritual, de las que te hacen permanecer leyendo bajo un árbol durante horas. Pero, llegado el tiempo de la sobremesa, aparecía la angustia propia dominical: un regusto amargo que te recordaba la proximidad del lunes.
De esta manera, el científico concluyó finalmente su trabajo, creando una coreografía emocional de siete pasos, que insuflaba su propia personalidad a cada día, al mismo tiempo que equilibraba en su conjunto toda la semana: el lunes se presentaba ordenado, el martes resurgía rebelde, el miércoles amanecía melancólico, el jueves saltaba optimista, el viernes rompía eufórico, el sábado se declaraba hedonista y el domingo resultaba totalmente contradictorio. Cada día embotellado con su sabor, su efecto y su pequeña locura.
Y así empezó la prueba. Al principio todo transcurrió como un juego inocente: alguien, por descuido o no, bebió el refresco del viernes en pleno lunes y, de repente, se puso a bailar en la cola del cajero en el banco. Otro «despistado» abrió el sabor del domingo un miércoles cualquiera, y se quedó mirando por la ventana de la oficina cómo volaban los vencejos. Pero solo eran equívocos excepcionales. Sin embargo, al acercarse el tercer lunes, algunos se negaron a repetir ronda. Preferían seguir recordando a los lunes tal y como habían sido hasta ahora: abatidos, nostálgicos, y sobre todo planos... ¡Muy parecidos a los nuevos miércoles! Así que muchos optaron por beber el que correspondía al tercer día de la semana, en lugar de tomar el del día que tocaba. Igualmente, queriendo adelantar a los viernes el descanso propio del día siguiente, cambiaron un refresco por otro, y también todo acabó enredado. Los pocos que acudieron al trabajo ese viernes, lo hicieron sin ganas; y a media mañana se quedaron dormidos, delante del ordenador. Cuando despertaron, a falta de media hora para concluir la jornada, se marcharon a su casa, haciendo uso del tiempo legítimo que tenían para desayunar.
Pronto, el intercambio puntual se volvió una costumbre generalizada, y todo en la ciudad empezó a desajustarse. Había lunes con sabor a sábado, domingos disfrazados de martes, y jueves que parecían un carnaval improvisado. El orden social se resquebrajó. En las empresas, los jefes no aceptaban que sus empleados llegasen a trabajar un martes en bañador, con gafas de sol y una copa de piña colada en la mano. Los bares, en pleno sábado por la noche, estaban saturados de melancólicos recitadores de poesía romántica. Los conductores de autobuses transitaban haciendo círculos, convencidos de que no había prisa por llegar a su destino. Hasta las escuelas tuvieron que cerrar sus puertas, porque los niños, tras consumir los refrescos trastocados, exigían vacaciones perpetuas.
El inventor, testigo mudo de aquel desbarajuste, comprendió demasiado tarde que no había creado unas simples bebidas, sino un modo de alterar la percepción humana del tiempo. Aunque los relojes seguían marcando las horas, mientras la gente seguía intercambiando sabores como si fuesen cromos, el calendario gregoriano, al que nadie obedecía, terminó por volverse irrelevante. Ya nadie sabía si era martes o viernes; si debía trabajar o festejar. Todo se había vuelto un maldito caos.
A la par, el excéntrico científico desapareció de una forma misteriosa, sin dejar señal. Algunos aseguran que corrió a esconderse en un nuevo día secreto aún sin nombre, el octavo de la semana, que él mismo de forma encubierta, se había dedicado a embotellar. Lo que nadie sabe es que ese octavo día no tiene sabor a jengibre, ni a melancolía, ni a euforia.
Su fórmula definitiva resultó ser una bebida inodora, incolora e insípida que, sin él pretenderlo, era en realidad agua simple y llana. Al final, el inventor comprendió la lección más sencilla: el sabor vacío de aquel último líquido era lo mejor que se podía beber. Porque debíamos ser nosotros mismos quienes sacáramos a flote la alegría, la rebeldía o la calma, según el momento, y por el simple hecho de vivir.
Ahora, el científico aún aguarda escondido en el octavo día, disfrutando de ese néctar cristalino y esperando a que el mundo aprenda que no hace falta descorchar ninguna botella para que los sentimientos y el tiempo recuperen su sentido.
