Cada vez que hablaba con su hijo era usando la voz firme, con gestos muy breves, y mirando siempre hacia otra parte. El niño lo contemplaba, como si escuchase hablar en otro idioma... que no entendía. Solo le obedecía por respeto: simplemente asentía y callaba.
Pero cuando el padre se iba al trabajo, siempre se quedaba observándolo, hasta que salía por la puerta, esperando que alguna vez él se volviera y le mirase a los ojos para decirle: «pero, a pesar de todo, lo estás haciendo muy bien».
Pero cuando el padre se iba al trabajo, siempre se quedaba observándolo, hasta que salía por la puerta, esperando que alguna vez él se volviera y le mirase a los ojos para decirle: «pero, a pesar de todo, lo estás haciendo muy bien».
