Su abuelo lo había cogido in fraganti, metiendo las manos en las macetas. Así que, después de aguantar la regañina, fue a sentarse al sofá. Cabizbajo, el niño apoyó la barbilla entre sus rodillas y fijó la mirada, no en los dibujos de la alfombra, sino en el negro color de sus uñas. Bajo ellas seguía impregnada la tierra de la jardinera: la prueba inequívoca de su delito.
Para el niño, aquello no era suciedad. Él creía, más bien, que un trocito del jardín del abuelo había preferido quedarse a vivir con él. Y en esa casa, plagada de reglas y de puertas cerradas, aquel rastro en sus manos solo era el mapa palpable de su formidable aventura. Por eso pensaba que lavárselas no significaba quedar limpio, sino borrar para siempre la única prueba de su enorme valentía.
