En el sótano, el abuelo tenía un arcón congelador cerrado bajo llave. "No tocar", avisaba un cartel pegado en su puerta. Cuando el abuelo murió, tuvimos que forzar el candado para abrirlo. Dentro hallamos un sobre con una nota que decía "Para que no olvidemos nunca quiénes fuimos", acompañando a decenas de paquetes de carne congelada, etiquetados con distintas fechas... y nombres.
