La Detestable Hora Punta

 

 Cada mañana viajaba en el metro, entre almas dormidas con olor a colilla y café aguado. Todo el trayecto miraba al suelo, como si allí estuviese la respuesta a su monótona existencia.

Un día, sin motivo alguno, alguien le cedió el asiento.

Desde entonces cree en Dios; aunque solo sea en hora punta.