La Retórica De Los Monosílabos

 



 Cuando lo llamo al móvil, siempre me contesta igual:  “Sí, como bien”, “Sí, duermo bien” “Sí, todo bien”.

Y yo no insisto. Para qué, si ya aprendí que hay preguntas que cierran más que abren. Si le sigo cuestionando, se aleja. Y si le aprieto algo más, se aísla del todo. Así que le pregunto por lo que no causa dolor. Por si comió, por si durmió, por si hace frío... o calor.

Cuando era un niño, hablaba sin parar. Me contaba cosas que a veces ni entendía, pero que me hacían reír. Me decía que los árboles se movían para saludar a los que los miraban, que los charcos eran los espejos de los pájaros, o que en el tejado de cada casa hay un cuervo, que vigila para que no nos pase nada.

Ahora, cada vez que intento que hablemos, me dan ganas de decirle que lo noto raro, que esa voz no es la suya... que ese silencio contenido me pesa. Pero no lo hago.

Hoy me ha dicho que todo va bien, y me ha colgado.

Pero esta noche ha vuelto a llamar... Y no ha dicho nada: solo ha respirado.

Y yo he entendido. No sé cómo, pero lo he entendido. Y le he hablado de la subida del pan, de la vecina que se cayó en la escalera, del mal tiempo que va a venir... Y le he contado que el gato ahora duerme en la cocina, que la bombilla del pasillo parpadea, y que el supermercado de la esquina va a cerrar. Cosas que a ninguno de los dos nos importan. O sí.

Él no ha dicho nada. Pero tampoco ha colgado. Y yo he seguido hablando... Porque a veces, lo que uno necesita no es que le pregunten, sino que le hablen. Que alguien te diga que el mundo sigue girando, aunque uno no sepa cómo subirse otra vez. Y he seguido hablando más, y más... Hasta que al fin me ha colgado. He permanecido un rato sentada, con el teléfono en la mano, como si él aún estuviera ahí. Pero no me he sentido triste. Porque a veces, quedarse al otro lado es todo lo que se debe hacer.  Por que a veces, que estés en el otro lado es todo lo que necesitan. Quizás mañana vuelva a llamar de nuevo; no para hablar, sino para seguir escuchando.