Ella no tenía perchas en su armario, tenía un ecosistema de bolsas Shein. Además las usaba como cortinas, de mantel, como funda de almohada. -Son versátiles- decía mientras, con unas tijeras, construía al perro un impermeable para el invierno.
Cada paquete traía una prenda, acompañada con una pizca de renovada autoestima. -No es adicción, es estilo- se justificaba, mientras la casa se hundía lentamente bajo capas de poliéster y tendencias caducadas.
Un día, de su último pedido solo llegó la bolsa vacía. Ella no lloró, ni se frustró. Al contrario: se alegró muchísimo. Porque la ropa ya era lo de menos. Ahora, lo que no sabía era vivir sin el plástico.
