El móvil sonó a las tres de la madrugada, y Él contestó sin dudarlo: era Ella. Solo alcanzó a decir: ¡Hola! La chica no respondió nada: se quedó en línea, expectante, con la respiración entrecortada.
Y Él entendió
que el desamor no siempre necesita manifestarse con gritos, ni con
lamentos, ni con portazos. A veces llega con una simple llamada, donde
nadie tiene que declarar nada.
Porque los implacables silencios ya se
encargan de dejar todo muy claro.
