La Abuela De Los Rosales

 

 

Desde que la nueva vecina se mudó a la casa de al lado, todos los chicos del pueblo la evitaban. Les inquietaba esa forma tediosa de remover la tierra de su jardín, sin replantar nunca nada; y esa sonrisa estática, sin conexión emocional, que parecía impostada. Todos la rehuían, menos uno, que cruzaba todas las tardes la valla para sentarse a merendar con ella junto a los rosales.

Mientras compartían mantel, ella siempre propiciaba que el muchacho hablara de su desaparecido hermano. Y, como si fuese su abuela, lo consolaba con una ternura exquisita, transformando la evocación de aquel recuerdo doloroso en un procedimiento para mantener viva su esperanza. Los padres, consumidos por la pérdida y agotados por una búsqueda infructuosa, agradecían que la amable anciana cuidase del joven, mientras ellos seguían hundiéndose en la desesperación.

Hasta que una de las tardes en que fueron a recogerlo, se detuvieron impactados al ver la grotesca escena: se encontraron a la vecina humillada, con las rodillas hundidas en el barro, las manos ensangrentadas, y llorando con un terror que no parecía humano. Mientras, el chico permanecía frente a ella, de pie, impasible, sosteniendo en una mano el reloj de pulsera que su hermano llevaba el día que desapareció, y agarrando con la otra una pequeña azada de jardín que pendía sobre la cabeza de la anciana. Al ver a sus padres, limpió con su manga el cristal sucio del esférico y señaló el lugar exacto, entre los rosales, donde ella había estado cavando, en un intento inútil por volver a tapar lo que la lluvia había sacado a la luz. Y entonces sentenció: «Mi hermano ya se ha cansado de estar ahí, bajo tus flores; el tiempo se te ha acabado, y ahora te toca a ti esconderte».