Cada tarde, cuando el sol empieza a rendirse, La Mujer de la Chatarra aparece empujando su carro. No es un carro cualquiera: es un museo ambulante de patas de silla, radios que han perdido la voz, ventiladores sin aspas y espejos donde ya nadie quiere reflejarse. Nada funciona, pero todo sirve.
Las personas mayores la evitan: dicen que huele mal porque vive entre la basura. Pero yo la he visto hablar con cariño a las cosas que encuentra, a las que nadie quiere, y preocuparse por ellas prometiéndoles que un día volverán a ser algo. Ella recoge historias con su trasfondo de tristeza, y por eso cada objeto tiene un nombre, un lugar y una fecha. A veces se detiene frente a una farola y le habla como si la conociera de siempre, o acaricia una tostadora como si fuese un cachorro de gato.
Una vez le pregunté por qué guardaba todas esas cosas rotas. —Porque cuando yo estuve igual, nadie me guardó a mí —me contestó.
Desde entonces la espero cada tarde. Ahora sé que es una restauradora de todo lo que el mundo quiere olvidar.
