La Siniestra Intrusa

 

 

Cada noche cierro la puerta de mi casa. Después reviso todas las ventanas, los pestillos, incluso escudriño el suelo bajo los muebles, bajo la cama, por si acaso. Todo queda herméticamente sellado. Y aún así, algo consigue entrar a hurtadillas… para olerme. No me imagino como lo hace.

Al principio lo tomé como si fuese un mal sueño: la impresión de que algo rozaba contra mi piel, la sensación de un resuello sobre mi nuca. Sin embargo, cada madrugada volvía a repetirse de nuevo: siempre un poco más cerca de mí; siempre un poco más prolongado en el tiempo.

Finalmente, hoy no he dormido nada. Me quedé despierta, inmóvil, sin saber muy bien que esperaba. Y de pronto, sentí esa cosa inclinarse sobre mí, con su misma respiración repugnante... Me dieron ganas de apartarme, pero no puede. Y entonces habló, con una voz que reconocí —para mi desgracia— como la mía:

—Tranquila… esta vez no voy a olerte. Ahora ya vengo a quedarme.