El Último Destello De Luz

 

 

Al recuperar la consciencia le fue imposible abrir los ojos: los párpados no cedían a su voluntad. Intentó gritar, o eso al menos creyó, pero parecía como si hubiese olvidado articular palabra alguna.

No sentía las piernas; ni sus brazos. Solo una presión dolorosa en el tórax. Una roca enorme, o eso le parecía, le aplastaba las costillas. Y no podía respirar con normalidad. A lo lejos escuchaba un sonido rítmico, como el bip-bip de alguna máquina. Aquel ruido le producía aún más ansiedad, aunque no sabía por qué.

De forma súbita, un intenso olor a caucho quemado y el sabor salado y metálico de la sangre acudieron a su memoria. Un destello de luz cegadora iluminó por un instante sus tinieblas. Recordó el volante girando solo, el crujido de los cristales rotos y, finalmente, un silencio sepulcral y repentino, como el que permanece después de un trueno... Todo justo antes del terrible impacto. Intentó mover un dedo, siquiera un milímetro, para demostrar que aún seguía allí. Aunque ni siquiera él mismo estaba seguro de qué, y a quién, quería demostrar algo.

Entonces, ahí fuera, una voz desconocida dijo: "Hora de la sedación".

Y su mundo, que apenas empezaba a recomponerse, volvió a romperse en mil fragmentos oscuros... otra vez.