Sé que puede parecer una puta locura pero, desde hace tiempo, me despierto cada mañana más cerca de la pared. Durante semanas, milímetro a milímetro, mi cama se ha ido aproximando más al muro. Y así he acabado teniendo una sensación extraña, como si la habitación hubiese ido encogiendo con los días. Al principio, yo mismo intenté convencerme de que era una impresión mía; pero hoy, finalmente, he amanecido detrás del tabique.
Aquí no hay otra habitación, ni luz, ni nada parecido: solo un aire espeso, con olor a humedad y moho, que se incrusta cada vez más en mis pulmones. Y yo estoy empotrado, formando parte de aquella estructura, fundido con el cemento que está sellando irremediablemente mis labios. No puedo moverme; ni siquiera tengo capacidad para gritar.
A través de una pequeñísima grieta en la pared, he podido vislumbrar parte de mi dormitorio. He visto a mi esposa entrar exaltada, gritando mi nombre una y otra vez. Finalmente se ha detenido frente a la pared, justo donde yo estoy atrapado, y ha empezado a palpar aquella zona del muro con las manos temblorosas, desesperada.
Pero no ha llamado a nadie; no ha pedido ayuda alguna. Al contrario: se ha quedado en un silencio absoluto, pegando la oreja al tabique, convencida de haber escuchado un latido. Y en ese instante me ha susurrado: «Sé que estás ahí dentro». Tenía los ojos tristes y enrojecidos, como si no hubiera dormido en varios días.
Entonces se ha marchado deprisa; y después la he oído a lo lejos, revolviendo los cajones de la cocina. Ha vuelto, empuñando un enorme cuchillo de carnicero. Y ha empezado a golpear el yeso con una fuerza que no le conocía. Cada impacto a ciegas, cada intento desesperado de rescate, es una puñalada directa a mis pulmones. Pero ella no lo sabe: está convencida de que me está liberando. Y yo, mientras me desangro, solo puedo mirar.

