Cuando Jáimez y Calvillo llegaron hasta el lugar de los hechos, el sujeto de su visita no permanecía ya en su cama, sino que se encontraba desparramado en el patio interno del Hospital Provincial, justo tres pisos más abajo de su habitación, después de haberse precipitado hacia el vacío. Se trataba de un testigo protegido, clave para desarticular el núcleo operativo de una organización criminal dedicada al narcotráfico. El Hospital, un edificio antiguo de techos altos y pasillos interminables, estaba blindado por la Policía Nacional.
Calvillo, pálido y con la voz visiblemente quebrada, señalaba la puerta de la habitación que salía a la terraza comunitaria, que permanecía abierta y con los cristales rotos.
—¡Una
extracción profesional, Inspector! —exclamó—. Los sicarios han debido acceder, desde alguno de los dormitorios contiguos, hasta la terraza compartida, y después de destrozar el vidrio de la puerta para entrar, se han deshecho del testigo arrojándolo por la barandilla hacia el patio. ¡Un negligente fallo de seguridad!
Mientras tanto, sin asomarse siquiera a la terraza, Jáimez comenzó a caminar por la habitación. Se detuvo ante la puerta abierta que daba al exterior y observó su cierre para después, con la punta de su zapato, remover los pequeños fragmentos de cristal que refulgían bajo la luz del aplique del techo. Acto seguido se dirigió hasta la mesita de noche, donde observó un vaso de agua derramado, un blíster de analgésicos a medio gastar y unos pañuelos de papel arrugados. La cama del difunto estaba anárquicamente deshecha: como si hubiera mantenido un imponente cuerpo a cuerpo con alguien.
—Inspector, ¿me está escuchando?
—¡Calvillo, por Dios: deje de imaginar ninjas saltando por las cornisas y céntrese en cosas más terrenales! —vociferó Jáimez—. Le puedo asegurar que la vigilancia sobre el testigo ha sido escrupulosa y bien dotada en medios materiales y de personal. Yo mismo me había implicado en ello. Si
alguien hubiera querido acceder de algún modo violento, le aseguro que estaría ahora ocupando el lugar de ese pobre infeliz.
—¡Le digo que los narcos lo han silenciado, Inspector: estaba a punto de cantar y un comando de limpieza lo ha eliminado a la vieja usanza. Igual habrán sobornado a alguien... ¡Lo han tirado para enviar un mensaje, no me cabe duda! —insistía Calvillo, una y otra vez.
—Calvillo, cómo se lo digo: si algún mafioso quisiera acabar con alguien en un hospital blindado, usaría un veneno indetectable en el suero o le pegaría un tiro en la frente al
policía que vigila en la puerta —murmuró Jáimez mientras volvía a recrearse en el colchón—. Además, un hombre que está siendo atacado, instintivamente lucha
contra su agresor, no contra sí mismo. Ni siquiera el mobiliario se ha movido de sitio: solo las sábanas están revueltas.
—Pues ahí lo tiene —balbuceó Calvillo señalando el desorden—. ¡Forcejeó con alguien que lo abordó en la misma cama! Yo lo veo todo claro: alguien accede a la terraza, rompe el cristal de la puerta, pelea con el testigo y termina lanzándolo al vacío. Caso Cerrado, sin duda.
—No, Calvillo, no: es cierto que forcejeó, sí, pero consigo mismo —le corrigió Jáimez—, y se lo voy a demostrar. Para empezar, el cristal de la puerta se rompió desde dentro, y por eso la inmensa mayoría de los fragmentos se encuentran en la terraza y no en la alfombra de la habitación. Además, por el estrecho hueco que quedó no podría introducirse ni un niño de tres años. Por otra parte, si observa la puerta, tiene un pestillo de seguridad en la parte central, que solo se acciona desde el interior, y el cual no se podría alcanzar con un brazo a través del agujero abierto. Y ni el mejor cerrajero hubiera podido entrar sin dejar rastro de su palanca.
—¿Y entonces cómo explica el boquete? —balbuceó Calvillo—. ¡Alguien tuvo que romperlo!
—Lo
rompió la propia víctima, Calvillo. Pero no para escapar de un asesino, sino para poder respirar. Observe la mesilla: el vaso de agua derramado y ese blíster de pastillas.
Jáimez sacó unas pinzas de su chaqueta y tomó el envase. Faltaban varios comprimidos, pero la última de las cavidades, particularmente, estaba rasgada de forma irregular, y el trocito de aluminio había sido arrancado de cuajo.
—Si mira aquí, advertirá que al extraer esta pastilla, el disco de metal correspondiente se desprendió íntegro, y seguramente viajó pegado a la misma, que como puede observar por el resto, era bastante grande. Este hombre, sin querer, se tragó todo en conjunto. Al rozarle la faringe sufrió un ataque de tos defensiva seguida de inmediato de una inspiración profunda y mortal, pues el papel de plata voló hacia la laringe y se encajó perfectamente a la entrada de la glotis. Allí actuó como una tapa de alcantarilla, y cuanto más aire intentaba meter el hombre en su agonía, más fuerte sellaba el aluminio el conducto.
Calvillo, sin articular palabra alguna por primera vez, miraba el blíster roto, empezando a comprender.
—En
su agonía por la falta de aire —continuó Jáimez—, el pánico le hizo sentir que moría, así que la criatura saltó de la cama y se lanzó hacia la puerta exterior, llegando a dar una patada al cristal mientras conseguía deslizar el pestillo del cierre. Al salir finalmente a la terraza llegó medio inconsciente y, al dejarse caer en la barandilla, basculó y se precipitó sin remedio al vacío.
El Inspector dejó el blíster sobre la mesilla, suspiró y se ajustó después la bufanda.
—No hubo comando alguno, Calvillo —concluyó—. Hubo una asfixia mecánica
y una puerta que no se abría. Los narcos, para nuestra desgracia, pueden dormir tranquilos:
su mayor enemigo ha sido derrotado por alguna estúpida ley de Murphy. Vaya avisando al forense y dígale que busque al asesino en la garganta del muerto. Y yo me largo ya, que la mía necesita lubricarse con un buen Pedro Ximénez después de este mal rato tan tonto.
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Nota final: El detalle técnico del blíster de comprimidos en esta nueva entrega de Los Casos Del Inspector Jáimez nace de una experiencia propia con una medicación mía que —como habréis imaginado— solo quedó en un pequeño susto, pero que me inspiró para escribir la trama. Espero que hayáis disfrutado de la lectura.
Con vuestro permiso, ante todo, he pensado en tomarme unos cuantos días para descansar del blog; más que nada porque tengo interés por reflexionar de forma científica sobre la compleja coreografía de los cúmulos cuando intentan imitar formas de animales, sobre las cabezas de millones de espectadores aburridos que los observan. Al fin y al cabo, incluso el cielo necesita un público —aunque sea tedioso— que aprecie con cariño sus funciones diarias gratuitas; digo yo...
Nos vemos pronto.
