Los Silencios Cómplices

 

 

 Llevaban casi cuarenta años casados y eran capaces de compartir una cena sin dirigirse la palabra. Para ambos, aquellos silencios no eran incómodos, sino una forma propia de comunicarse sin tener que reutilizar frases manidas.

 Él conocía al dedillo lo que Ella pensaba sobre los políticos; Ella sabía lo que Él había odiado de su trabajo. Y así, poco a poco, entre miradas cómplices y leves sonrisas, iba avanzando la comida... hasta que llegaban igual de mudos al postre.

 El verdadero prodigio de aquella pareja no era haber resistido tantísimos años juntos, sino la serena y envidiable madurez con la que habían aprendido a conversar absolutamente de todo, sin tener que usar la voz para nada.