Mientras escuchaban los gritos en la cocina, los dos niños se quedaron sentados en el suelo, en silencio. No entendían muy bien lo que pasaba, pero sí que les pareció como si algo se hubiese roto en la casa. Continuaron un buen rato sin hacer ni decir nada. Solo se miraban, como si buscasen el uno en el otro una forma de que el mundo volviera a recolocarse.
El mayor se puso en pie y fue andando hasta la despensa. Allí abrió una caja de galletas de chocolate y partió una en dos trozos que no quedaron exactamente iguales. Entonces observó a su hermana, y ella también le devolvió la mirada. Él dudó un instante... y finalmente le entregó la mejor parte.
La niña esbozó una graciosa sonrisa. Y él presintió que con aquel gesto había hecho algo importante: aunque no supieran arreglar los problemas de los mayores, todavía podían cuidarse entre ellos.
