El Vértigo Compartido


 

 

 Cada atardecer contemplo desde mi ventanal la misma escena: un hombre maduro, de unos sesenta años, pasea por el  parque de nuestro barrio, agarrado del brazo de una anciana centenaria. Lo hacen sin prisa, como si el tiempo no fuese ya el principal problema en sus vidas. Él, antes de cruzar, la sujeta del brazo con firmeza mientras vigila el tráfico; luego, ya en la alameda, inspecciona las raíces que puedan asomar en el albero, cualquier desnivel en el camino o la firmeza del banco donde acabarán descansando. Ella, con la espalda encorvada por aquel siglo de vida, tampoco le quita la vista de encima mientras murmura letanías en voz baja.

 Cualquier observador casual pensaría que él es el abnegado protector de la anciana. Pero si te fijas en su palidez extrema, en cómo le tiemblan las piernas tras la última sesión de quimio y en la fuerza sobrehumana con la que ella le sostiene cuando intuye que flaquea, comprenderás entonces el milagro. Él se guarda el dolor de su enfermedad indomable en un bolsillo de su chaqueta, manteniéndose erguido solo para que su madre tenga en quien apoyarse. Ella, al unísono, se afana en seguir respirando con una determinación férrea, en no soltar nunca la mano de su hijo... únicamente para no dejarlo sufrir en soledad.

 Y, por eso, nadie acertará nunca quién de las dos personas es la que cuida y quién la cuidada.