Hace días que empecé a percibir un pequeño punto negro, justo en el rabillo de mi ojo derecho. Una imperfección minúscula, que desaparecía en cuanto yo giraba la cabeza. El oftalmólogo me dijo que era simple fatiga ocular y que no abusara del uso de las pantallas. Pero aquella mota oscura ha seguido creciendo por días, y ahora se parece mucho a una silueta humana: a la mía... y siempre se mantiene a mi espalda.
Hoy, mientras me recortaba la barba frente al espejo, la mancha por fin ha entrado en mi campo de visión central. No es una sombra cualquiera: es una versión siniestra de mí mismo pero con la piel del revés. Entonces me ha arrebatado la navaja de afeitar de la mano mientras me aseguraba: «Tranquilo, ahora yo seré el que mire desde tu lado». Y me ha rebanado el cuello de un tajo.
