A las tres de la madrugada, el subwoofer faríngeo del bebé lo terminó despertando. Cuando llegó medio zombi hasta la cuna, descubrió un reactor biológico detonado. Entre toallitas y maldiciones, juró que este iba a ser el último crío que engendrara. Cuando acabó de limpiarlo y de extenderle la crema, le puso un nuevo pañal. Exhausto, el pequeño le sonrió, extendió su manita, le cogió un dedo y le regaló su primer papá... revolcando de golpe todos sus rigurosos argumentos.

Jaja... Muy cierto!! Un abrazo.
ResponderEliminarHola, Gil.
EliminarEl que este libre de pecado, que tire la primera piedra.
Saludos Insolentes!!