Cuando desapareció Michu, abracé al monstruo que vivía en mi armario para que me consolara. Y él me susurró al oído:
—No llores por tu gato, pequeña. Tengo una sorpresa para ti: pronto te reuniré con él.
Y así fue: me devoró.
Pero lo hizo con amabilidad, a bocados lentos, con mucha ternura.
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Déjame aquí tu sueño,
y soñaremos los dos...