Todo Lo Que Ya No Es

  


  Se afeitaba despacio, siempre con la luz apagada: aprovechando el brillo suave que entraba por el ventanuco del baño. Lo hacía por no confrontar con el espejo. La luz tenue perdonaba las arrugas y suavizaba el borde de su marcada mandíbula.

Siempre pensó que el espejo no solo servía para mostrarle quién era ahora, sino que también le recordaba, con una brutal honestidad, todas aquellas personas que ya no era.

Y afeitarse a oscuras le eximia de enfrentarse al dolor que le producían aquellas sombras.

 

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