En la plaza vieja, hay un hombre que no habla con personas. Solo con gatos. No tiene casa, ni familia, ni reloj. Solo tiene tiempo para compartir con ellos. Por las tardes, les lleva para merendar bolas de arroz con pescado, que él mismo prepara. Cuando llega, se sienta en un bordillo, y mientras les da de comer, les va relatando historias sobre trenes que no pararon en su estación, de amores que olían a vainilla y talco, y de amistades que naufragaron cuando menos debían. Los gatos lo rodean, alguno se acurruca en su regazo, otro se le sube al hombro y varios se sientan frente a él, como si pudieran entender algo de lo que cuenta.
Un niño curioso le preguntó un día que por qué no hablaba con las personas. Y, sin dejar de mirar a los gatos, le contestó: Porque ellas dejaron de escucharme hace ya tiempo.
Una tarde de octubre, alguien llamó al 112. Desde su ventana lo venía observando, y pensó que el hombre llevaba demasiado tiempo dormido en aquel banco. Cuando llegó la policía, lo rodeaban decenas de gatos, que estuvieron velando su cuerpo hasta el amanecer. Justo cuando el juez dio la orden para levantar el cadáver.
