En la oficina que Jáimez había improvisado, el olor a humedad era tan
denso que se podía cortar. Calvillo observaba las fotografías del caso
con una expresión de preocupación en su rostro.
—Es casi una tragedia operística, Inspector: Enrico Bianchi, el gran tenor lombardo, ahogado en su propio templo. El forense afirma que fue debido a la asfixia. Pero aquel polvo blanco, que lo cubría todo, es especialmente sugerente...
—Dígame, Calvillo. ¿Ese polvo blanco se ha llegado a analizar? ¿Era acaso cocaína?
—No, señor. Los primeros análisis practicados in situ lo descartaron por completo. Se trata de un polvo de origen vegetal, sin maldad alguna. Y, por cierto, tampoco se halló ningún signo de violencia en la escena del crimen. Solo el tenor, que yacía desplomado sobre el escenario donde ensayaba; y un pequeño cisne de porcelana roto junto a su mano. Parece la escena de "La Muerte Del Cisne", pero con un final demasiado literal.
—El cisne de porcelana, Calvillo, no aporta nada valioso a la investigación: es un detalle tan irrelevante como su manía para buscar el drama en cada caso que nos asignan. Mejor concéntrese en el detalle de la asfixia y, sobre todo, de aquel extraño polvo. ¿Sabe usted si Enrico tenía alguna manía conocida?
—Pues al hecho de gozar de una voz inigualable también le acompañaba su miedo patológico a perderla. No fumaba, no bebía y seguía una dieta especial, a rajatabla. Le gustaba la medicina natural y, sobre todo, la alternativa. No se le conocía ningún exceso, y todo su tiempo lo dedicaba a ensayar y ensayar, procurando no llamar la atención. De hecho iba a ese teatro abandonado, donde lo encontraron, para practicar las notas más altas de la nueva ópera, "La Última Diva", sin que nadie pudiera escucharlo antes del estreno.
—Calvillo, un tenor que ensaya en silencio es tan útil como un político que dice la verdad. Y el misterioso polvo, ¿se sabe ya de dónde salió?
—Pues la brigada rastreó todo el teatro, con lo que delimitaron la zona donde se concentraba: encima del escenario y, sobre todo, alrededor de su cuerpo. Luego, posteriormente, hallaron una bolsa de tela abierta y vacía que, según rezaba la etiqueta, había contenido harina de trigo orgánica.
—Perfecto—, contestó el Inspector, con esa mezcla de ironía y hastío que Calvillo conocía tan bien. —Harina, asfixia, un tenor y un cisne roto: todas las piezas van encajando. Aquí no se ha cometido ningún asesinato, porque la asfixia fue un acto de extrema precaución vocal.
—No le sigo, Inspector. ¿Acaso se atragantó comiendo un bocadillo antes de comenzar el ensayo?
—Atienda lo que le digo y no presuponga tonterías gastronómicas. ¿Qué hacen los tenores, antes de alcanzar una nota alta y sostenida?
—Inspiran profundamente, Inspector.
—Y, al inspirar profundamente, necesitan que su garganta esté perfectamente lubricada y libre de cualquier obstáculo. Enrico ensayaba en secreto y en silencio. Pero tenía miedo de que el aire polvoriento y seco del viejo teatro le pudiera dañar sus cuerdas vocales.
—Entonces, la harina... ¿la usaba para humidificar el aire?
Jáimez suspiró con cierta teatralidad, y dejó que el relato tomara el control. Así empezó a explicarle a un sorprendido Calvillo que Enrico, obsesionado con el control de su garganta, probablemente habría leído algún artículo sobre salud alternativa que promoviese los "baños de vapor seco" para el cuidado de las cuerdas vocales, sugiriéndole así que la inhalación de polvos finos y orgánicos podría crear una capa protectora. Seguro que el tenor buscó y compró la mejor y más fina harina de trigo que pudo encontrar.
—Es casi una tragedia operística, Inspector: Enrico Bianchi, el gran tenor lombardo, ahogado en su propio templo. El forense afirma que fue debido a la asfixia. Pero aquel polvo blanco, que lo cubría todo, es especialmente sugerente...
—Dígame, Calvillo. ¿Ese polvo blanco se ha llegado a analizar? ¿Era acaso cocaína?
—No, señor. Los primeros análisis practicados in situ lo descartaron por completo. Se trata de un polvo de origen vegetal, sin maldad alguna. Y, por cierto, tampoco se halló ningún signo de violencia en la escena del crimen. Solo el tenor, que yacía desplomado sobre el escenario donde ensayaba; y un pequeño cisne de porcelana roto junto a su mano. Parece la escena de "La Muerte Del Cisne", pero con un final demasiado literal.
—El cisne de porcelana, Calvillo, no aporta nada valioso a la investigación: es un detalle tan irrelevante como su manía para buscar el drama en cada caso que nos asignan. Mejor concéntrese en el detalle de la asfixia y, sobre todo, de aquel extraño polvo. ¿Sabe usted si Enrico tenía alguna manía conocida?
—Pues al hecho de gozar de una voz inigualable también le acompañaba su miedo patológico a perderla. No fumaba, no bebía y seguía una dieta especial, a rajatabla. Le gustaba la medicina natural y, sobre todo, la alternativa. No se le conocía ningún exceso, y todo su tiempo lo dedicaba a ensayar y ensayar, procurando no llamar la atención. De hecho iba a ese teatro abandonado, donde lo encontraron, para practicar las notas más altas de la nueva ópera, "La Última Diva", sin que nadie pudiera escucharlo antes del estreno.
—Calvillo, un tenor que ensaya en silencio es tan útil como un político que dice la verdad. Y el misterioso polvo, ¿se sabe ya de dónde salió?
—Pues la brigada rastreó todo el teatro, con lo que delimitaron la zona donde se concentraba: encima del escenario y, sobre todo, alrededor de su cuerpo. Luego, posteriormente, hallaron una bolsa de tela abierta y vacía que, según rezaba la etiqueta, había contenido harina de trigo orgánica.
—Perfecto—, contestó el Inspector, con esa mezcla de ironía y hastío que Calvillo conocía tan bien. —Harina, asfixia, un tenor y un cisne roto: todas las piezas van encajando. Aquí no se ha cometido ningún asesinato, porque la asfixia fue un acto de extrema precaución vocal.
—No le sigo, Inspector. ¿Acaso se atragantó comiendo un bocadillo antes de comenzar el ensayo?
—Atienda lo que le digo y no presuponga tonterías gastronómicas. ¿Qué hacen los tenores, antes de alcanzar una nota alta y sostenida?
—Inspiran profundamente, Inspector.
—Y, al inspirar profundamente, necesitan que su garganta esté perfectamente lubricada y libre de cualquier obstáculo. Enrico ensayaba en secreto y en silencio. Pero tenía miedo de que el aire polvoriento y seco del viejo teatro le pudiera dañar sus cuerdas vocales.
—Entonces, la harina... ¿la usaba para humidificar el aire?
Jáimez suspiró con cierta teatralidad, y dejó que el relato tomara el control. Así empezó a explicarle a un sorprendido Calvillo que Enrico, obsesionado con el control de su garganta, probablemente habría leído algún artículo sobre salud alternativa que promoviese los "baños de vapor seco" para el cuidado de las cuerdas vocales, sugiriéndole así que la inhalación de polvos finos y orgánicos podría crear una capa protectora. Seguro que el tenor buscó y compró la mejor y más fina harina de trigo que pudo encontrar.
Antes de iniciar el ensayo habría sacudido la bolsa con aquel remedio, para dispersar el polvo fino en el aire a su alrededor, y habría comenzado a inhalar el mismo profundamente pensando en proteger su garganta y voz mientras iniciaba una nota particularmente difícil.
El problema es que la harina de trigo, por muy orgánica que sea, es un polvo fino y denso. Cuando se inhala en grandes cantidades a través de una inspiración tan profunda como la que necesita un tenor, se adhiere a las paredes de todo el aparato respiratorio en toda su extensión. Y lo peor fue que, al alcanzar la nota más alta, el esfuerzo hizo que Enrico tosiera violentamente, volviendo a aspirar una porción aún mayor de polvo de harina.
La asfixia no la provocó ninguna agresión humana, sino la inhalación masiva de aquella sustancia. El polvo de harina se acumuló en los alvéolos y bronquiolos, solidificándose levemente con la humedad natural de los pulmones, e impidiendo el intercambio de oxígeno lo que causó finalmente su muerte por colapso respiratorio. El cisne de porcelana roto era, simplemente, el objeto que el tenor, en su anárquica agonía, golpeó con la mano al caer al suelo.
—El gran tenor Enrico murió por una imbecilidad pseudocientífica. Caso cerrado.
—Inspector, creo que nunca volveré a ver con los mismos ojos la panadería donde compro a diario.
—Yo, lo mínimo que espero, es que tampoco me vuelva a molestar con la palabra "paranormal" en el próximo caso que tengamos. Y, por hoy, deje descansar a sus pobres neuronas, Calvillo, que mañana será otro día.
