Durante un buen rato estuve allí observándola, quieto, sin decir nada. Me gustaba verla así, dormida, en silencio, sin prisas, sin la presión del tiempo... Sin el peso de las palabras, que tantas veces sobran. Había algo seductor en su serenidad; algo que me conmovía profundamente. Tal vez era la forma, apenas imperceptible, en que sus labios se habían quedado entreabiertos, como si ella estuviera a punto de pronunciar mi nombre. O el modo en que cruzaba las manos en su regazo, con elegancia, descansando sobre su vestido negro.
Estaba agotada, vencida... Y, aún así, a veces parecía que iba a despertar. Se movía un poco, suspiraba, murmuraba algo que no alcanzaba a entender. Pero volvía a dormirse, como si el sueño fuera más amable que la vigilia. Y yo seguía ahí, contemplándola, sintiendo que el tiempo se había detenido solo para nosotros dos.
Recordé entonces aquellas pequeñas cosas que no volverían más: las tardes de lluvia alrededor de la chimenea de casa, su risa mientras preparaba el café en la cocina, la forma en que me miraba cuando creía que yo no la veía, sus besos con sabor a caramelo... Todo eso vivía aún en ella, latiendo bajo sus párpados cerrados. Y me sentí afortunado de poder seguir viéndola así, tan íntegra y tan cercana.
Se había hecho tarde, y quizás tendría que haberme marchado ya. Tal vez no fuese justo seguir allí, aferrado a su presencia, como si nada hubiese cambiado. Pero no podía; no todavía... Ella se había dormido, velándome. Y yo, aún me resistía a partir.
