Era el 9 de enero. Él sacó la caja de debajo de la cama como quien saca un cadáver. Un año atrás, con la euforia del año nuevo, la habían bautizado como la “Caja de los Deseos”. Ahora, el nombre parecía el chiste de un guionista burlón. Ella abrió la caja, y derramó todos aquellos papelitos doblados sobre el edredón.
—"Viaje a Tailandia" —leyó, soltando una carcajada amarga mientra arrojaba el papel sobre la sábana con una desgana absoluta. En lugar de eso, se habían pasado el año contando monedas para llegar a fin de mes.
Él no se rió. Desplegó el siguiente: "Cambiar de coche". Miró por la ventana el viejo trasto aparcado abajo, que seguía ahí por puro milagro mecánico.
—Un éxito absoluto —masculló, lanzando el papel a la otra punta del cuarto—. No hemos cumplido ni uno. Ni el gimnasio, ni el máster, ni el puto curso de cocina. Estamos exactamente igual que hace un año, solo que un poco más cansados y con la cuenta a cero.
El silencio que siguió fue denso. Ella se quedó mirando aquel montón de promesas desparramadas por la cama. Al final los deseos se habían convertido en tristes recordatorios de todo lo que no había sido.
—No estamos igual —dijo Ella de pronto, con una voz firme que no intentaba consolar, sino poner los hechos sobre la mesa—. Este año ha sido un bombardeo constante. Nos han pasado todas las desgracias del mundo... y aquí seguimos.
Él levantó la vista. Ella cogió el papel de "Viaje a Tailandia" y lo rompió despacio.
—Lo normal hubiera sido mandarlo todo a la mierda —continuó Ella—, que lo pagásemos el uno con el otro, gritándonos por la falta de dinero, culpándonos mutuamente por ello. Pero cuando todo se hundía, simplemente nos movimos al mismo ritmo para no ahogarnos. No hay un deseo en esta caja que valga más que el hecho de que todavía nos mantenemos la mirada. Lo que hemos asimilado este año no cabe en un post-it: hemos aprendido a no soltarnos de la mano, cuando el suelo se abre bajo nuestros pies.
Él miró sus manos: estaban cansadas, pero ciertamente juntas. Y, como Ella, comprendió que la meta, en realidad, no era llegar a ninguna parte, sino ser el lugar al que el otro quiere volver cuando todo lo demás está fallando.
Entonces cerraron la caja de un golpe. Ya no necesitaban una lista de exquisitos propósitos. Porque aquel contenedor no guardaba ya deseos, sino el rastro de una supervivencia compartida por amor. Y esa era la única victoria que ahora mismo les importaba a los dos.
