Que Se Duerma El Perro

  

Su madre le pidió que durmiera la siesta y él, a regañadientes, obedeció. Se acostó muy quieto, con los ojos abiertos de par en par, fijando su atención en una mancha de humedad que había visto en el techo. No se negaba a cerrar los ojos por fastidiar a su mamá, sino por la necesidad de seguir controlando todo lo que respiraba a su alrededor. Y quedarse dormido era ceder el control. Sabía que si parpadeaba aquella mancha bailaría; que si los cerraba, la mancha se marcharía; pero que si se rendía al sueño, sería el mundo entero el que desaparecería aprovechando que él no miraba.

 Apretó las manos contra la sábana, aguantando el ya insistente escozor en sus párpados. Ahora, bien vista, la mancha parecía un perro: un enorme perro oscuro que lo vigilaba desde el techo. Aunque, en realidad, era él quien debía de vigilar al perro. Era una pelea a muerte contra el sueño. Pero también contra el perro.

 De pronto, la luz de la habitación se apagó. Se quedó completamente a oscuras. Aunque seguía con los ojos igual de abiertos, estaba aterrado porque ya no podía ver la mancha; ni al perro. Aguantó cinco segundos, hasta que el sueño le fue relajando los párpados. Pero, justo antes de cerrarlos del todo, tuvo un último instante de pánico: ahora que ya no podía verlos, la mancha y el perro eran libres para descolgarse del techo y llevárselo a la fuerza...  quién sabe a dónde.