La llave giró en la cerradura y el ruido reverberó en el vacío pasillo de la casa. Hacía meses que la ausencia era el único olor que, junto a la humedad, predominaba en la vivienda.
Subieron las escaleras a oscuras, guiados por el resplandor de una farola que se alzaba en la acera junto a la ventana del primer piso. Afuera, la calle era un hervidero de gritos infantiles tras las vallas metálicas. Apenas faltaban veinte minutos para que la cabalgata doblara la esquina.
Entonces salieron al balcón. El frío hierro forjado dolía al tocarlo, y el aire gélido de enero calaba en lo más profundo los huesos. Se quedaron allí, de pie, dos adultos en un espacio que recordaban infinito y que ahora les resultaba estrecho.
—¿Te acuerdas de cuando nos peleábamos por el sitio del centro? —preguntó ella, ajustándose la bufanda. —Tú siempre ganabas. Yo me conformaba con el hueco de la izquierda, pegado a la maceta de geranios de mamá.
De pronto, un estallido de música y luces de colores inundó la calle. La primera carroza apareció entre una lluvia de confeti y caramelos. Ambos observaban como abajo los niños se lanzaban al suelo con alegre desesperación. Los dos miraban el espectáculo en silencio, con los brazos cruzados, sintiéndose como náufragos observando una fiesta desde una isla desierta, a kilómetros de distancia.
Las luces de los focos cruzaban sobre sus rostros, revelando las arrugas y el cansancio, pero ellos no miraban a los Reyes Magos. Él sintió, de forma casi física, un vacío en la espalda. Se percató de que sus manos apretaban la barandilla con demasiada fuerza.
—¿Sabes qué es lo más raro? —susurró sin apartar la vista de la multitud—. Que no echo de menos los caramelos. Ni siquiera el desfile.
—Lo sé —respondió ella, con la voz quebrada—. Lo que falta es la presión en la cintura.
Ambos se quedaron quietos, atrapados en el mismo recuerdo: las manos de su padre sujetándoles por el cinturón del pantalón para que no se asomaran demasiado, y el cuerpo de su madre justo detrás de él, recordándoles que no tuvieran miedo, que ellos estaban allí para que no se cayeran.
Ahora, a sus espaldas, solo estaba el salón vacío, las paredes con las marcas de los cuadros ausentes y el cartel de "Se vende" pegado al cristal.
La última carroza pasó, dejando tras de sí un rastro de basura brillante y un silencio repentino que dolía más que el propio ruido. Ninguno de los dos se movió. Ambos se quedaron un rato más allí, de pié en aquel balcón que ya no les pertenecía., sosteniéndose el uno al otro en la oscuridad, comprendiendo que la verdadera magia de los Reyes nunca estuvo en lo que transitaba por la calle, sino en la seguridad que tenían detrás. La mayor parte del frío que ahora sentían no era por el aire de enero, sino por la falta de aquellos que antes les hacían de escudo.
Él puso una mano en el hombro de su hermana, emulando aquel viejo gesto de protección. Al fin y al cabo, ahora les tocaba a ellos evitar que el otro se cayera.
—Vamos —le dijo a ella—. Aquí ya no queda nadie que nos guarde las espaldas.
Entraron en silencio y cerraron la puerta del balcón de un golpe seco. Al girar la llave en la cerradura de la calle, comprendieron que la infancia no se había ido con los Reyes Magos; se había quedado encerrada allí dentro, esperando a que alguien comprara sus recuerdos al precio que determinara la inmobiliaria.

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Déjame aquí tu sueño,
y soñaremos los dos...