El Testigo Mudo

 

 

 Cuando llegó a la cafetería del barrio, nadie le preguntó por la familia; tampoco él dio más explicaciones. Dando la espalda al resto de parroquianos, se limitó a sentarse en el velador que había en la esquina, junto al ventanal, donde pidió un café solo y lo dejó enfriar. Su gato, que siempre lo acompañaba donde quiera que fuese, se había subido encima de la mesita, y desde allí, al contrario que su dueño, sí que parecía analizarlo todo. En sus bigotes aún conserva  un leve rastro de humedad; pero no es de leche.

 Sin que nadie sospeche nada, ambos comparten el silencio cómplice de quien conoce un horrible secreto. Una confidencia que está a salvo: uno de ellos no puede hablar y el otro jamás va a hacerlo. Entre ambos no aflora ese vínculo especial que suele existir entre un hombre y su mascota. Su relación, más bien, es la de dos depredadores que aguardan con calma a que la noche limpie lo que el día ha dejado a la vista.