La Victoria Del Ayuno

 


El plato con galletas y la taza de leche, ya fría, estaban sobre la mesa de la cocina. Su madre se había ausentado un momento. La frialdad del desayuno era un recordatorio de que la rutina nunca debe esperar.

Se acercó y metió un dedo en la leche. Le pareció que estaba como muerta. Eso pensó, sí. Y también pensó que si no comía, el día no podía empezar. Y, por tanto, si el día no empezaba en el tiempo que debía, entonces aquellas horas le pertenecían y podía utilizarlas como a él le viniera en gana. Así, la indiferencia que mostraba ante el desayuno era una victoria propia que él le había ganado a su madre y al tiempo.