El matrimonio es un contrato vitalicio que se suele firmar con entusiasmo pero sin antes leer con detenimiento las clausulas. Hasta que la muerte nos separe... o hasta que uno de los dos empiece a roncar como una motosierra y el otro se plantee muy seriamente dormir en el coche.
Todo suele comenzar con flores, cenas románticas, miradas cómplices... Ahora mismo, si mi marido me mira, es para preguntarme dónde están sus calcetines verdes. Y si yo lo miro, es para tantear si sería buen momento para sugerirle visitar a mi madre.
Tenemos hijos: dos. O tres... ya ni estoy segura. Porque son como los gremlins y ya me pierdo en la cuenta: se multiplican, hacen ruido, y rompen todo lo que tocan. Antes solíamos salir los dos solos todos los viernes. Ahora, si salimos alguna vez, es al supermercado, toda la familia, y lo más salvaje que hacemos es comprar papel higiénico de doble capa y aprovechando un 3x2.
La pasión… ¿qué coño es eso? ¿Una marca de yogur griego? Porque en esta casa, lo más caliente que tenemos es la plancha. Y eso, cuando está encendida. El único "Te Amo" que recuerdo en muchos meses es el de mi hijo pequeño, un día que le compré un huevo Kinder para que me dejara tranquila.
Y aquellas conversaciones tan profundas que manteníamos de adolescentes... Ayer hablamos durante 40 minutos sobre si el lavavajillas se puede llenar con los platos sucios o hay que enjuagarlos antes. Bueno, más que hablar fue discutir. Sócrates no estaría muy orgulloso de nosotros, la verdad.
Mi marido, aquel hombre maravilloso que me escribía poemas... y ahora me manda memes de gatos chinos. Y yo, que antes me arreglaba para verlo, ahora me pongo pantalones con elástico y sandalias cangrejeras de goma... porque total, ya hay poco pescado que vender.
Pero no os equivoquéis, que nunca hemos dado todo por perdido. A veces, cuando los niños se duermen, nos volvemos a mirar como antes, y recordamos que, a pesar de los contratiempos, seguimos eligiéndonos a diario. Aunque sea para discutir sobre qué serie ver por la noche en Netflix. Y eso, amigos, también es amor. O masoquismo. O vete tú a saber... porque tampoco es que lo tengamos muy claro.
