La abuela tejía bufandas de tonos obscuros con una puntada finísima. Tenía un extraño don: las dejaba en las puertas de desconocidos, en casas donde ella intuía que alguien, muy pronto, iba a morir. «Allí donde van —decía— tiene que hacer mucho frío».
Cierta mañana, sin que nadie lo esperase, a la abuela le llegó también su hora. La encontraron en su cama, con una sonrisa en los labios, en actitud sosegada. Y, rodeando su cabeza, descansaba la última bufanda que tejió.

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