Doblega al sentimiento la razón:
de la noche, cubierto por el manto,
tu menudo cuerpo, aquel Jueves Santo
imploró su silencio al corazón.
Resonaba en El Coso una oración,
de enlutados tambores, hecha llanto…
¡No será, Padre mío, pedir tanto
si guías al pequeño a Tu Estación!
Dormido ya el incienso, suave sube
nazareno, el telón de la mañana;
apagando va los cirios del cielo.
Y enjugó sus lágrimas una nube
al ver que aquella muerte tan temprana,
prendida de Tu Mano, alzó su vuelo.
