El Límite De La Lealtad

 

 

Han transcurrido ya tres días desde que abuelo tropezó en el salón. Su cadera está rota y su mejilla impactada ha teñido una de las baldosas de mármol, que ya no es de color blanco. Su gato, compañero leal durante muchos años, ahora aguarda observándolo. Ronronea a su alrededor y lame su mano, la que antes le abría las latas y que ahora no le ofrece apenas calor. La gratitud es una virtud mucho más quebrantable que el hambre o la sed, y el recuerdo de su dueño ha terminado por desdibujarse para mostrarle solo un cuerpo que ya no tiene nombre. Cuando el corazón agota su último latido, vence el contrato de fidelidad: el compañero de una década agacha la cabeza, olisquea la sangre seca y empieza su cena por la mejilla...