Mientras el ascensor subía con un desagradable zumbido, el repartidor de pizzas se entretuvo mirando cómo los números se iluminaban uno a uno: 7, 8, 9... El bloque era viejo, y el olor bastante raro y molesto. Cuando los dos dígitos del piso 12 se apagaron y la luz del número 13 cobró vida, entendió que había llegado a su destino.
Las puertas se abrieron, y una ráfaga de aire gélido lo golpeó en el rostro. Delante de él, en lugar de un pasillo, solo había oscuridad. Por un instante, el joven pensó que se había ido la luz, pero un escalofrío le recorrió la espalda: no había suelo. Si hubiera dado un solo paso hacia delante, se habría precipitado al vacío.
Con el corazón desbocado, el repartidor retrocedió hasta que su espalda topó con la pared de la cabina. Instintivamente, y de forma compulsiva, corrió a pulsar el botón «B», y repitió el gesto una y otra vez, hasta que el ascensor cerró sus puertas y recuperó la marcha. El quejido de retorno se le hizo aún más largo e insoportable, hasta que llegó al bajo.
Una vez en el rellano se dirigió, fuera de sí, hasta la habitación del conserje:
—¡Señor! —dijo con la voz entrecortada—, he subido en el ascensor hasta la planta 13 para entregar un pedido y... ¡no había nada! ¡Solo vacío! ¿Es que en este bloque no hay planta 13? ¿O qué es lo que pasa aquí?
El conserje, que leía en ese momento el periódico, levantó la vista por encima de sus gafas y lo observó con extrañeza.
—Claro que tenemos planta 13, muchacho. Y bien ruidosos que son todos sus vecinos.
Después, el hombre bajó la mirada, y volviendo a su lectura añadió:
—Lo que no hay en este bloque es ascensor.
