Cada amanecer, tan puntual como el sol, aparece en la plaza del pueblo El Payaso Serio Sin Circo: con su nariz roja, su traje de retales y una peluca rubia tan estropeada que parece el triste nido de un grajo.
Empieza su espectáculo ejecutando unos juegos de malabares con tres piedras que acaban rodando por el suelo. Luego continúa la representación con algunos chistes pésimos de los que nadie suele reírse. Para concluir su número, hace como que se tropieza con algo... pero con menos gracia aún. A diario, la indiferencia humana cruza frente a él como si formara parte del mobiliario urbano; algunos incluso cambian de acera. Pero él sigue ofreciendo su función sin inmutarse, porque no conoce otra vida... ni otro escenario que no sea el del asfalto.
Una vez, un niño que volvía del colegio le preguntó que dónde estaba su circo. El payaso se encogió de hombros y, bajando la vista al suelo, contestó:
—Se fue. Como también se marcharon los aplausos y los amigos.
El pequeño se sentó en el suelo mientras le respondía:
—Yo creo que aquel circo nunca te abandonó: se iría sin darse cuenta, pero seguro que jamás se ha olvidado de ti. Hoy, me gustaría ser tu público.
Y así, después de muchísimo tiempo, el payaso sin circo se acordó de sonreír. Se dispuso a interpretar su papel para alguien que lo iba a valorar de verdad. No hubo risas, pero sí atención. No recibió una gran ovación, pero sí un silencio respetuoso. Y cuando terminó, el niño sacó una galleta de su mochila y se la dio como recompensa por su función.

Comentarios
Publicar un comentario
Déjame aquí tu sueño,
y soñaremos los dos...