La ropa quedó atrás, esparcida en la alfombra, como una piel innecesaria de la que se hubieran desprendido con urgencia. Bajo la luz del aplique se produjo el encuentro: fue un choque caluroso; una búsqueda sensual que recorría cada centímetro de piel contrario con una curiosidad que parecía nueva e insaciable. Sus respiraciones se mezclaban con un ritmo entrecortado, mientras con la punta de sus dedos se exploraban reconociendo texturas; se estremecían en un silencio solo roto por el roce de las sábanas. Nada existía más allá que no fuese un deseo compartido naciendo de un volcán en plena erupción.
Se fundieron ambos, logrando que cada caricia fuese una reafirmación de su amor. Lograron detener el tiempo en aquel mínimo espacio de la cama, donde el encuentro los dejó agotados pero vibrando, aferrados el uno al otro como si fuese a llegar el final del mundo en unos minutos. Fue un estallido de vida, un placer profundo que los dejó jadeando y con el corazón golpeándoles con fuerza el pecho al unísono.
Cuando el pulso recuperó su habitual ritmo, siguieron abrazados, cada uno escuchando la respiración del otro.
—¿Te ha molestado la cadera? —susurró Él, rodeándola con ternura.
Ella sonrió en la oscuridad, acomodándose mejor en el hueco de su hombro, allí donde se había refugiado los últimos cuarenta y cinco años.
—Parece que todo el dolor se me haya pasado de pronto. Igual me ha merecido la pena el esfuerzo —le respondió, mientras le acariciaba el cabello canoso—.
Él soltó una carcajada ronca y le besó la frente, agradecido de que, a su edad, los cuerpos todavía recordaran cómo ganarle la batalla al inevitable invierno.

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Déjame aquí tu sueño,
y soñaremos los dos...