Cada noche, al salir del trabajo, tomo la misma línea de metro. En la fila de asientos que hay al otro lado del pasillo, justo a mi altura, hay sentado un tío con cara triste y chaqueta oscura, que permanece con la mirada fija en el suelo y las manos en los bolsillos. En el asiento tras de él, veo a un hombre alto con una sudadera gris y la capucha calada ocultándole el rostro. Poco después, una joven distraída con su móvil, sube en la siguiente parada y se sienta al lado del hombre triste. Dos asientos más adelante, un sacerdote ojea un periódico del día anterior que alguien dejó olvidado.
Todo parece normal, pero noto algo raro en el hombre de la chaqueta oscura: no ha pestañeado en los diez minutos que llevo de trayecto y su postura es demasiado estática, permaneciendo con la cabeza ligeramente ladeada hacia su derecha. La chica continúa sin percatarse de nada. De pronto, el vagón hace un extraño al tomar una curva: la cabeza del hombre triste se separa de su cuerpo para terminar cayendo bruscamente sobre el regazo de la joven, que grita horrorizada y la empuja hacia el suelo.
Yo, instintivamente, busco con la mirada al sujeto de la sudadera gris, pero su plaza ya está vacía. Entonces me fijo en el cristal de su ventanilla y allí sí que lo veo reflejado con toda claridad: con la misma capucha cubriéndole la cabeza, pero ahora justo detrás de mi asiento. Me vuelvo en seco, asustado y dispuesto a defenderme a toda costa, pero aquel desgraciado no me ataca. Al contrario, está paralizado, levantando un dedo tembloroso con el que señala frenéticamente a mi espalda. Es entonces cuando siento un frío repentino y me giro de nuevo al frente, donde veo al sacerdote cómo, compulsivamente, hunde un estilete en mi costado.

Comentarios
Publicar un comentario
Déjame aquí tu sueño,
y soñaremos los dos...