Dedicado a aquellas mujeres
que destrozaron su vida
intentando ser felices
con la persona equivocada.
Cuando La Duda, preñada de conjeturas, amaneció vomitando una minúscula certeza, entornó los ojos con repugnancia, giró su cabeza hacia un lado, y concluyó tirando de la cadena. Resetear la dignidad alivió momentáneamente su estómago; y le permitió, al menos, continuar recelando unos meses más. Justo hasta el inevitable ocaso.
