Desde su limitada altura permaneció durante un buen rato absorto y reflexivo, observando con sumo interés a aquel grupo a traves de las verjas que demarcaban uno de los recintos del zoológico. Y llegó finalmente a la conclusión de que no hallaba diferencias significativas, en los aspectos más básicos, entre los chimpancés y los humanos. Al menos entre los de menor edad. Aquellas crías a las que venía contemplando, por ejemplo, se divertían exactamente igual que lo hacía él a diario: ideaban travesuras montados encima de un columpio, jugaban a hacer carreras, o discutían por una simple bolsa de frutos secos, para terminar siempre echándose el brazo por encima. Creyó encontrar muchas similitudes entre ellos, pero sobre todo los intuía como unos seres pacíficos y sociables. Quizás algo retozones y escandalosos, pero no hubiera juzgado su conducta como un peligro potencial.
Estas y otras razones le hacían replantearse la justificación de aquel encierro. Y pensó que, al menos él, se hubiera sentido muy dichoso jugando aquella tarde, fuera de su jaula, con aquellas crías humanas.
Estas y otras razones le hacían replantearse la justificación de aquel encierro. Y pensó que, al menos él, se hubiera sentido muy dichoso jugando aquella tarde, fuera de su jaula, con aquellas crías humanas.
