La Falsa Tregua (I)

 

 

Eran las tres de la madrugada del día veintiséis. Ella bajó a la cocina por un vaso de agua y se quedó mirando el árbol que el niño había  decorado con torpe entusiasmo. Las luces parpadeaban anárquicamente, proyectando sombras de colores sobre las paredes desconchadas.

Pensó en la asfixiante hipoteca, en el cansancio acumulado por el pluriempleo y en la frágil tregua que suponían esas fechas para su salud mental. Apagó el interruptor con un gesto seco y se quedó definitivamente a oscuras. Y, en ese instante, sintió que la Navidad era exactamente como aquella imagen: una pequeña clavija que mantenemos en posición de encendido durante unos días, para no ver el polvo que se va acumulando en la casa durante el resto del año. 

 [(Continúa en La Falsa Tregua (y II)]