Al empezar diciembre me propuse un reto que a priori me parecía sencillo, pero que acabó convirtiéndose en un complicado ritual: construir una especie de calendario de adviento hecho de palabras.
He pasado bastantes días fantaseando para crear un mundo de emociones alrededor de los días que abrazan la Navidad. Y como esos calendarios de cartón donde los niños buscan con impaciencia una golosina de chocolate, yo os he intentado ofrecer cada mañana, desde el pasado 20 de diciembre, una pequeña ventana a mi imaginación. Tras cada troquelado, no había azúcar, sino una escena, unos personajes y, sobre todo, mucho sentimiento. He compartido estas historias de ficción, a veces tan reales como la vida misma, con la esperanza de que cada relato fuera para vosotros ese pequeño dulce, esa pequeña motivación para sobrellevar el invierno.
Y así, casi sin darnos cuenta, hemos cruzado el umbral de los Reyes hasta llegar a hoy, 11 de enero. Es el último día y queda una última ventana por abrir. Al rasgar el cartón del calendario, me he encontrado con algo que no esperaba: me he encontrado a mí mismo.
La Ventana Final
Al otro lado de la cartulina no hay un pesebre ni una estrella de Oriente. Hay una habitación pequeña iluminada por la luz tenue de una lámpara de escritorio. En ella, alguien que escribe termina de teclear el punto final de una historia.
En la ficción de este calendario, ese creador de fantasías descubre que su obra no era solo una cuenta atrás. Cada historia que escribió durante esos días era, en realidad, un ladrillo. Con la del primer día levantó los cimientos; a mitad del camino ya había alzado sus muros, y hace solo unas jornadas comenzó a montar el tejado. Hoy, al cerrar este ciclo, se da cuenta de que ha construido una casa donde los lectores han podido refugiarse del frío.
El chocolate de hoy no se come; se siente. Es la calidez de haber llegado al final del camino. El calendario de adviento se cierra, las ventanas quedan abiertas mostrando el vacío de lo ya contado, pero la estructura —la casa, la historia— permanecerá siempre en pie para quien la quiera volver a visitar.
..............................................
Ahora, al cerrar "La Ventana Final", la última de las veintitrés de este calendario de adviento, me doy cuenta de que el verdadero regalo no os lo hice yo con las historias que os contaba: me lo hicisteis vosotros, y el hecho de saber que, al otro lado, alguien estaba esperando para abrirlas conmigo.
Gracias por acompañarme en este calendario de sueños que no entendía de fechas oficiales, sino de momentos compartidos. Que la magia de lo vivido también os guie en vuestro viaje hasta las próximas Navidades, y que os guarde siempre algo dulce en la ventana de vuestro corazón.
Besos Insolentes.
Onminayas (Javidiéguez).
