El espumillón seguía colgado en el salón, ya con menos euforia desde la Nochevieja, aunque en esta casa pasó sin apenas ruido. Ya era día tres, ese limbo extraño donde el año nuevo huele a viejo y la espera de los Reyes se hace eterna.
Su papá llevaba dos días así, hundido en el colchón, con una fiebre que quemaba más que la estufa. El niño vigilaba su respiración desde la orilla de la cama, con el miedo atragantado.
Al notarlo moverse, le tocó el hombro con un dedo. «¿Vendrán o no, papá?», le susurró, pensando en su carta y en sus zapatos, ya limpios y aguardando tristes en el pasillo.
En la penumbra, el padre entreabrió sus vidriosos ojos y, sacando un brazo fuera de la manta, buscó con su mano la del pequeño. «Claro que vendrán, hijo... por supuesto que vendrán», dijo con un hilo de voz. Pero volvió a cerrarlos, exhausto. Y entonces, muy apesadumbrado, el niño deseó que aquel año Melchor, Gaspar y Baltasar pudieran hacer magia de la buena: nada de juguetes tontos... porque solo unos Reyes Magos de verdad tendrían el poder de curar a su padre.
.jpg)