El Gesto De Cada Año

 

 

  Al envolver las figuras del Belén en hojas de periódico atrasado, notó el polvo acumulado en los pliegues de las túnicas de barro. Al buey le faltaba una pata y el rey Baltasar había perdido el cofre en alguna mudanza anterior.

Su hija, observando el desfile de figuras desconchadas, le preguntó si no era ya hora de jubilarlo para comprar uno nuevo. Ella, mientras terminaba de envolver a San José con un mimo exquisito, negó con la cabeza sin levantar siquiera la vista. 

No supo cómo explicarle que cada una de esas figuras era una victoria ganada a la necesidad. Recordó a sus padres ahorrando céntimos para comprar las piezas una a una, año tras año, durante un lustro, porque el dinero no alcanzaba para el misterio completo.

Miró de reojo el portal, que tenía una grieta cruzando su techo. No era un Belén lo que guardaba en aquella caja de cartón, sino fragmentos de felicidad de su propia vida. Retales que aunque estuvieran deslucidos, desgastados o incluso rotos, tenían el derecho sagrado de seguir ocupando su sitio en su corazón. Guardarlo no era un ritual de limpieza: era la promesa de que lo que amamos nunca se tira, simplemente se protege... hasta el siguiente invierno.