El día 7 de enero, la cola de Atención al Cliente en el Centro Comercial era como el purgatorio de la Navidad: una hilera de personas con los rostros cansados que sostenían, como si fueran confesiones, pequeños tickets regalo para su devolución. Allí no había nada de magia: solo el bochornoso aire de la calefacción y el sonido chirriante de las alarmas de seguridad.
El joven sostenía una caja con un reloj que no quería marcar sus horas. Ella no portaba ninguna bolsa: solo llevaba puesto un abrigo de lana impecable, elegante y pesado, que parecía asfixiarla. Y en la mano, solo el papel de compra. Ambos se miraron de reojo, reconociendo en el contrario una similar derrota.
—Lo bueno de las crisis existenciales —dijo él, rompiendo el silencio con una sonrisa amarga— es que este año vienen con ticket regalo. Al menos la decepción es canjeable por un vale de treinta euros.
—Ojalá —respondió ella, señalando su propia ropa—. Mi padre siempre tuvo buen gusto para elegir lo que debo llevar puesto, pero nunca preguntó si me servía para protegerme del frío de verdad.
Cuando llegó su turno, ella no entregó ningún paquete. Se desabrochó el abrigo allí mismo, frente al mostrador, con una urgencia casi violenta. Se quedó en una fina camisa de seda, vulnerable bajo los fluorescentes. Entregó la prenda al dependiente, que la recibió con desconcierto.
—¿Desea el abono en tarjeta o en un vale? —preguntó el chico tras escanear la etiqueta.
La joven tomó la tarjeta de abono y, sin pensarlo, se la tendió a una mujer que esperaba al final de la cola con un niño en brazos.
—Tome. Cómprele algo a su hijo... algo que no tenga memoria.
Y entonces salió apresurada, casi corriendo del centro comercial, empujando las puertas giratorias con una fuerza renovada. Él se quedó de piedra, dejó su reloj sobre el mostrador y fue tras la muchacha, solo para disfrutar de aquel ímpetu de espontaneidad.
Afuera, el frío de enero le azotó el rostro. Pero consiguió distinguirla a lo lejos, caminando deprisa en camisa, con los brazos cruzados sobre el pecho pero la cabeza más alta que nunca. Comprendió entonces que el verdadero cambio no surgió por regalar aquel dinero en sí, sino por la repentina levedad que sintió cuando por fin se atrevió a soltar lastre. El ticket regalo fue, en realidad, una sentencia de libertad firmada en papel térmico.
